Moby Dick
Moby Dick —Cocinero —dijo Stubb, alzando rápidamente un pedazo bastante rojizo a su boca—, ¿no crees que este filete está más bien demasiado hecho? Has estado golpeando este filete demasiado, cocinero; es demasiado tierno. ¿No digo yo siempre que un filete de ballena, para que sea bueno, debe ser duro? Ahà están esos tiburones al otro lado de la amurada, ¿no ves que lo prefieren duro y poco hecho? ¡Qué escándalo están armando! Cocinero, ve y háblales; diles que pueden servirse por sà solos educadamente, y con moderación, pero que deben permanecer callados. Que me parta un rayo si puedo escuchar mi propia voz. Fuera, cocinero, y lleva mi mensaje. Toma esta linterna —cogiendo una de su aparador—; ahora, ve y sermonéalos.
Tomando hurañamente la linterna ofrecida, el viejo Fleece renqueó cruzando de la cubierta hasta las amuradas, y bajando entonces con una mano su luz sobre el mar, a modo de obtener una buena vista de su congregación, blandió solemnemente su tenaza con la otra, e inclinándose muy por encima de la borda, con mascullante voz empezó a dirigirse a los tiburones, mientras Stubb, avanzando sigilosamente detrás, escuchaba todo lo que se decÃa.
—Criatuhra hermaahna: m’an ordenaho aquà pa decà que tenéh que pará ese condenaho ruido allá. ¿OÃs? ¡Pará se condenaho relamé de lo lahbio! Massa Stubb decà podés llená la condená trihpa hasta lo cuartehle, pero, ¡por Diós!, ¡tenéh que pará esa condená bulla!