Moby Dick
Moby Dick —¡Cocinero —interrumpió aquà Stubb, acompañando la palabra con una brusca palmada en el hombro—, cocinero! Pero hombre, condenados sean tus ojos, no debes maldecir de esa manera cuando estás sermoneando. ¡Ésa no es manera de convertir a los pecadores, cocinero!
—¿Quién pué? Dehle etohnce usté el sermón —volviéndose, huraño, para marcharse.
—No, cocinero; sigue, sigue.
—Bien, etohnce, querihda criatuhra hermaahna…
—¡Bien dicho! —exclamó Stubb, en tono aprobatorio—, convéncelos de ello; inténtalo —y Fleece continuó.
—Anque vosohtro soih tó tiburohne, y por naturalehza mu vorahce, nostahnte yo oh diihgo, criatuhra hermaahna, esa, esa voracidá… ¡cesá ese dá con la cohla! ¿Cómo pensái que oÃs, si no dejái ese condenaho dá y mordé ahÃ?
—Cocinero —gritó Stubb agarrándole por el cuello—, no voy a permitir esas maldiciones. Háblales caballerosamente.
De nuevo continuó el sermón.