Moby Dick
Moby Dick —Por mi alma que soy de igual opinión, así que impartid la bendición, Fleece, y me marcharé a mi cena.
Ante lo cual, Fleece, levantando ambas manos sobre la turba piscícola, alzó su chirriante voz, y gritó…
—¡Maldihtas criaturah hermaahnah! Montá el más condenaho follón que podái; llenaho la condená trihpa hasta que estahllen… y morihro etohnce.
—Ahora, cocinero —dijo Stubb, retomando su cena en el cabrestante—; ponte justo donde estabas antes, ahí, enfrente mío, y presta especial atención.
—Tó ahtención —dijo Fleece, de nuevo inclinándose sobre su tenaza en la posición deseada.
—Bien —dijo Stubb, sirviéndose con liberalidad mientras tanto—; volveré ahora al tema de este filete. En primer lugar, ¿qué edad tienes, cocinero?
—Qué tié so que ver con filehte —dijo el viejo negro, susceptible.
—¡Silencio! ¿Qué edad tienes, cocinero?
—Uno novehnta, diihcen —murmuró taciturno.
—¿Y has vivido en este mundo casi un centenar de años, cocinero, y todavía no sabes cocinar un filete de ballena? —engullendo rápidamente otro bocado en la última palabra, de manera que ese pedazo parecía una continuación de la pregunta—. ¿Dónde naciste, cocinero?
—Bahjo ecotihlla, en barcahza, yendo sohbre Roanoke.