Moby Dick

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Transcurrió un corto intervalo, y arriba, a esta ausencia de ruido, vino Ajab, él solo desde su cabina. Dando unas cuantas vueltas por el alcázar hizo una pausa para observar sobre el costado, se subió entonces a las cadenas de la mesa de guarnición del mayor, cogió la larga zapa de Stubb —allí dejada aún tras la decapitación de la ballena— y, clavándola en la parte inferior de la medio suspendida masa, colocó su otro extremo como una muleta bajo un brazo, y así permaneció reclinado, con ojos atentamente fijos en esta cabeza.

Era una cabeza negra y encapuchada; y colgando allí en medio de una calma tan intensa parecía la de la Esfinge en el desierto.










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