Moby Dick
Moby Dick —¡Vela a la vista! —gritó una voz triunfante desde el tope del mayor.
—¿SÃ? Bien, bueno, eso es alentador —gritó Ajab, incorporándose de pronto, mientras nubes de trueno enteras se apartaban de su frente—. Ese brioso grito en esta mortal calma casi podrÃa cristianizar a alguno mejor que yo… ¿Hacia dónde?
—Tres puntos por la amura de estribor, señor, ¡y trayéndonos su viento!
—Mejor que mejor, marinero. ¡Ojalá viniera ahora san Pablo por ese lado, y a mi carencia de viento trajera el suyo! ¡Oh, naturaleza, y alma del hombre!, ¡cuánto más allá de toda expresión están vuestras enlazadas analogÃas! Ni el más pequeño de los átomos se agita o vive en la materia, que no tenga su astuto duplicado en la mente.