Moby Dick
Moby Dick —¿Jengibre?, ¿jengibre?, y ¿tendréis la bondad de decirme, señor Dough-Boy, dónde reside la virtud del jengibre? ¡Jengibre! ¿Es el jengibre la clase de carburante que utilizas, Dough-Boy, para prender un fuego en este canÃbal temblequeante? ¡Jengibre!… ¿Qué demonios es el jengibre?… ¿Carbón bituminoso?… ¿Leña?… ¿Luciferes?… ¿Yesca?… ¿Pólvora?… ¿Qué demonios es el jengibre, digo, que le ofreces esta taza aquà a nuestro pobre Queequeg?
«Algún oculto movimiento de templanza hay en este asunto —añadió repentinamente, abordando ahora a Starbuck, que acababa de venir hacia proa—. ¿Puede mirar ese pocillo, señor? Huélalo, por favor.»
Observando entonces el rostro del primer oficial, añadió:
—El mozo, señor Starbuck, tuvo el rostro de ofrecer ese calomel o jalapa aquà a Queequeg, recién subido de la ballena. ¿Es el mozo un farmacéutico, señor? ¿Y puedo preguntar si ésta es la clase de fuelle con la que él vuelve a insuflar aliento a un hombre medio ahogado?
—ConfÃo que no —dijo Starbuck—, es caldo bastante pobre.
—¡Vaya, vaya, mozo —gritó Stubb—, te enseñaremos a drogar a un arponero! Nada, aquÃ, de tu medicina de farmacia; quieres envenenarnos, ¿eh? Has contratado pólizas de todas nuestras vidas y quieres asesinarnos y embolsarte los beneficios, ¿eh?