Moby Dick
Moby Dick —No, nunca vi semejante libro; aunque oà hablar de él. Pero dime, Stubb, ¿supones que ese Diablo del que estabas hablando era el mismo que dices que está ahora a bordo del Pequod?
—¿Soy yo el mismo hombre que ayudó a matar esta ballena? ¿No vive el Diablo para siempre?, ¿quién escuchó jamás decir que el Diablo estuviera muerto? ¿Viste algún párroco que llevara luto por el Diablo? Y si tiene él un llavÃn para entrar en la cabina del almirante, ¿no te parece que puede reptar por una porta? Dime eso, señor Flask.
—¿Qué edad supones que tiene Fedallah, Stubb?
—¿Ves ese palo mayor de ahÃ? —señalando al barco—; bien, ése es el número uno; ahora coge todos los cinchos que hay en la bodega del Pequod y únelos con ese mástil como si fueran ceros, ¿lo ves?; bien, ésa ni siquiera empezarÃa a ser la edad de Fedallah. Y ni todos los toneleros de la Creación podrÃan sacar suficientes cinchos para hacer suficientes ceros.
—Pero hombre, Stubb, se supone que ahora mismo acabas de fanfarronear algo sobre que ibas a darle a Fedallah un empujón al mar, si tenÃas la oportunidad. Bueno, si es tan viejo como todos esos cinchos tuyos suman, y si va a vivir para siempre, ¿qué se adelantarÃa tirándole por la borda…? ¡contéstame a eso!
—Le darÃa un buen chapuzón por lo menos.