Moby Dick

Moby Dick

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Casi en el mismo instante, con un estruendo de trueno, la enorme masa cayó al mar en mitad del remolino, como la mesa de piedra del Niágara[100]; el casco, repentinamente suelto, bandeó en dirección opuesta hasta muy abajo en su brillante cobre; y todos mantuvieron la respiración, mientras medio oscilando… ahora sobre las cabezas de los marineros, ahora sobre el agua… Daggoo, a través de una espesa niebla de espuma, fue borrosamente visto aferrándose a los pendulares aparejos, al mismo tiempo que el pobre Tashtego, enterrado vivo, se hundía sin remedio hasta el fondo del mar. Mas apenas se había aclarado el cegador vapor, cuando durante un fugaz instante fue vista planeando sobre la amurada una figura desnuda con una espada de abordaje en la mano. Al instante siguiente un ruidoso chapuzón anunció que mi valiente Queequeg se había zambullido al rescate. Se produjo una cerrada carrera a la banda, y cada ojo contaba cada onda, mientras los momentos transcurrían uno a uno, y no se veía signo ni del hundido, ni del buceador. Algunos tripulantes saltaron ahora a una lancha junto al costado, y se alejaron un poco del barco.

—¡Ja!, ¡ja! —gritó Daggoo de pronto, desde su ahora calmada percha oscilante por encima.

Y mirando más lejos desde el costado, vimos un brazo surgir erguido entre las olas azules; una visión extraña de ver, como el surgir de un brazo entre la hierba de una tumba.


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