Moby Dick
Moby Dick En este momento Derick estaba lanzando su cebador de lámpara a las lanchas que progresaban, y también su lata de aceite; quizá con la doble intención de retardar el avance de sus rivales y al mismo tiempo acelerar económicamente la suya mediante el momentáneo Ãmpetu de su lanzamiento hacia atrás.
—¡El grosero perro teutón! —gritó Stubb—. Bogad ahora, muchachos, como cincuenta mil barcos de la lÃnea cargados de diablos de pelo rojo. ¿Qué dices, Tashtego, eres el hombre que se partirÃa la columna en veintidós pedazos por el honor de la vieja Gay-Head? ¿Qué dices?
—¡Digo: bogad como la perdición! —gritó el indio.
Fiera aunque uniformemente, incitados por las provocaciones del germano, las tres lanchas del Pequod empezaron ahora a alinearse casi lado a lado; y asà dispuestas se le acercaban por momentos. En esa excelente actitud suelta y magnÃfica del patrón cuando se acerca a su presa, los tres oficiales se alzaron, ayudando ocasionalmente al remero de popa con el estimulante grito de:
—¡Ahà se desliza ahora! ¡Hurra por el viento del fresno![102]. ¡Acabad con el jarramano! ¡Navegad por encima de él!