Moby Dick

Moby Dick

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Era una visión terrible, de lo más penosa y espeluznante. La ballena iba ahora a toda velocidad y soltando su chorrear ante ella en un atormentado surtidor continuo, mientras su única pobre aleta golpeaba su flanco en una agonía de terror. Ahora a ese lado, ahora al otro, zigzagueaba en su incierta huida, y todavía, a cada ola que rompía, se hundía espasmódicamente en el mar, o balanceaba de lado hacia el cielo su única aleta batiente. Así he visto yo a un pájaro con un ala cortada hacer espantados círculos quebrados en el aire, intentando vanamente escapar de los halcones piratas. Mas el pájaro tiene voz, y con gritos de queja comunica su miedo; pero el miedo de este enorme bruto mudo del mar estaba encadenado y hechizado dentro de él; no tenía voz alguna, salvo la entrecortada respiración a través de su espiráculo, y esto hacía que su visión fuera inexpresablemente penosa; siendo que aún, en su asombrosa masa, su mandíbula de rastrillo y su omnipotente cola había suficiente para aterrorizar al hombre más fuerte que así se compadeciera.

Observando ahora que sólo unos pocos instantes más darían a las lanchas del Pequod la ventaja, y antes de verse así privado de su presa, Derick decidió arriesgar lo que para él debió de haber parecido un lanzamiento inusualmente largo, no fuera a ser que la última oportunidad desapareciera para siempre.


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