Moby Dick

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Pero apenas su arponero se levantó para el ataque, los tres tigres —Queequeg, Tashtego, Daggoo— se alzaron instintivamente en pie, y estando en una fila diagonal, simultáneamente apuntaron sus garfios; y lanzados por encima de la cabeza del arponero germano, los tres hierros de Nantucket penetraron en la ballena. ¡Vapores cegadores de espuma y blanco fuego! Las tres lanchas, en la primera furia del precipitado impulso de la ballena, apartaron al germano a un lado de un topetazo con tal fuerza, que tanto Derick como su desconcertado arponero fueron expelidos y sobrepasados por las tres quillas volantes.

—No tengáis miedo, paquetes de mantequilla —gritó Stubb, lanzando al pasar una ojeada sobre ellos cuando los rebasaba—; enseguida os recogerán… bueno… he visto unos cuantos tiburones a popa… perros san Bernardo, ya sabéis… salvan a los viajeros en apuros. ¡Hurra!, así se navega. ¡Cada quilla un rayo de sol! ¡Hurra!… Aquí vamos, como tres latas de zinc en la cola de un puma loco! Esto me da la idea de enganchar un elefante a un tílburi en una planicie… hace que los radios de las ruedas vuelen cuando lo enganchas de esa manera, muchachos; y también hay peligro de que te tire, cuando llegas a una colina. ¡Hurra!, así es como uno se siente cuando va donde Davy Jones… ¡A toda velocidad por un infinito plano inclinado hacia abajo! ¡Hurra!, ¡esta ballena lleva el correo eterno!


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