Moby Dick
Moby Dick Pero la carrera del monstruo fue breve. Dando una pronta bocanada, se sumergió estrepitosamente. Con chirriante celeridad, las tres estachas volaron alrededor de los tocones con fuerza capaz de abrir profundas muescas en ellos; aunque tanto temÃan los arponeros que esta rápida inmersión agotara pronto las estachas, que con toda su potente destreza dieron repetidas humeantes vueltas con el cabo para que éste retuviera; hasta que al final… a causa de la tensión perpendicular de los emplomados guiacabos de las lanchas, desde donde los tres cabos caÃan directamente abajo al mar… las bordas de la proa estaban casi a ras del agua, mientras que las tres popas se empinaban en el aire. Y al cesar pronto la ballena de sumergirse, permanecieron durante un tiempo en esa situación, temerosos de soltar más estacha, aunque la posición fuera un poco delicada. Pues aunque se han hundido y perdido lanchas de esta manera, no obstante, es este «aguantar», tal como se le llama; este enganchar con los afilados garfios a su carne viva del lomo; esto es lo que suele atormentar al leviatán y hacerle ascender pronto para encontrar la afilada lanza de sus enemigos. Sin embargo, por no mencionar lo arriesgado del asunto, es dudoso que este procedimiento sea siempre el mejor; ya que simplemente es razonable suponer que cuanto más tiempo permanece la ballena herida bajo el agua, más se agota. Pues a causa de su inmensa superficie —en un cachalote adulto algo menos de dos mil pies cuadrados—, la presión del agua es enorme. Todos sabemos bajo qué increÃble peso atmosférico estamos; incluso aquÃ, sobre el suelo, en el aire; ¡qué formidable, entonces, la carga de una ballena, que soporta en su lomo una columna de doscientas brazas de océano! Debe al menos equivaler al peso de cincuenta atmósferas. Un ballenero lo ha estimado en el peso de veinte barcos de la lÃnea, con todos sus cañones y avituallamiento y hombres a bordo.