Moby Dick

Moby Dick

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Mientras las tres lanchas permanecían allí, en ese mar que apaciblemente ondeaba, oteando abajo a su eterno mediodía azul; y mientras ni un solo gruñido o grito de ningún tipo, qué digo, ni siquiera una onda o una burbuja surgía de sus profundidades, ¡qué hombre de tierra firme habría pensado que bajo todo ese silencio y placidez el mayor monstruo de los mares estaba retorciéndose y desgarrándose en agonía! Ni ocho pulgadas de cabo perpendicular eran visibles en la proa. ¿Parece creíble que el gran leviatán estuviera suspendido de tres tales finos hilos, lo mismo que la gran pesa de un reloj de cuerda de ocho días? ¿Suspendido? ¿Y de qué? De tres pedazos de tabla. Es ésta la criatura de la que una vez se dijo de manera tan triunfante… «¿podéis llenar su piel de hierros garfiados?, ¿o su cabeza de picas de pesca? La espada de aquel que le acometió no puede oponérsele, ni la pica, ni el dardo o la jacerina: el hierro le parece paja; la flecha no puede hacerle huir; los dardos se consideran rastrojo; ¡se ríe del blandir de una pica!»[103]. ¿Es ésta la criatura?, ¿es ésta? ¡Ah!, que el incumplimiento deba seguir a los profetas. ¡Pues con la fortaleza de mil muslos en su cola, el leviatán ha ocultado su cabeza bajo las montañas del mar, para esconderse de las picas de pesca del Pequod!



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