Moby Dick

Moby Dick

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Mientras las lanchas la rodeaban ahora más cerca, toda la parte superior de su figura, incluyendo una gran zona de lo que ordinariamente está sumergido, quedó limpiamente al descubierto. Se vieron sus ojos, o más bien los lugares en los que habían estado sus ojos. Al igual que en los nudos de los robles más gráciles, una vez que éstos han caído, se sedimentan cúmulos de excrecencias, así, de los puntos que los ojos de la ballena habían una vez ocupado, sobresalían ahora bulbos ciegos, horriblemente penosos de ver. Mas no había ninguna compasión. A pesar de toda su ancianidad, de su único brazo, y de sus ojos ciegos, tenía que expirar la muerte, y ser sacrificada para iluminar los alegres casamientos y demás celebraciones de los hombres, y también para iluminar las solemnes iglesias que predican la incondicional magnanimidad de todos para todos. Todavía revolcándose en su sangre, al final descubrió parcialmente una extrañamente decolorada protuberancia o penca, del tamaño de una fanega, muy abajo en el flanco.

—Una bonita peca —gritó Flask—, deja que le pinche ahí una vez.

—¡Alto! —gritó Starbuck—, ¡no hay necesidad de ello!



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