Moby Dick

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—¿Que no pueda vender su cabeza?… ¿Qué clase de embrollo es este que me está contando? —montando en creciente cólera—. ¿Pretende usted, posadero, decir que este arponero está en realidad ocupado esta bendita noche de sábado, o más bien mañana de domingo, vendiendo su cabeza de un lado a otro por la ciudad?

—Eso es precisamente —dijo el posadero—, y le dije que aquí no podría venderla, el mercado tiene exceso de existencias.

—¿De qué? —grité yo.

—De cabezas, evidentemente; ¿no hay demasiadas cabezas en el mundo?

—Le voy a decir una cosa, posadero —dije yo, bastante calmado—, sería mejor que dejara de largarme esa fábula… No estoy tan verde.

—Puede que no —cogiendo un palo y labrando con él un mondadientes—, pero me parece que ya estarías chamuscado si ese arponero de que hablamos te oyera hablar mal de su cabeza.

—Se la partiré —dije yo, cayendo de nuevo en el apasionamiento ante este inexplicable fárrago del posadero.

—Ya está partida —dijo él.

—Partida —dije yo—, ¿quiere decir partida?

—Cierto, y ésa es la verdadera razón por la que no puede venderla, supongo.


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