Moby Dick

Moby Dick

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Desplegando todo el trapo, el Pequod siguió tras ellas; los arponeros blandiendo sus armas y animando a voces desde las proas de sus lanchas aún a la pendura. Si el viento se mantenía, escasas eran las dudas que albergaban de que, acosada a través de este estrecho de Sunda, la enorme horda se desplegaría en los mares orientales sólo para contemplar la captura de no pocos de entre sus huestes. ¡Y quién podía decir si en esa congregada caravana no estaría nadando temporalmente el propio Moby Dick, al igual que el adorado elefante blanco en la procesión de coronación de los siameses! Así que, con velas de ala apiladas unas sobre otras, navegábamos pastoreando ante nosotros a estos leviatanes cuando de pronto se escuchó la voz de Tashtego pidiendo a voces atención hacia algo en nuestra estela.

Correspondiéndose con la media luna en nuestra vanguardia, observamos otra en nuestra retaguardia. Parecía formada por vapores blancos separados, que en cierto modo se elevaban y descendían como los chorros de las ballenas; sólo que no venían y se ausentaban tan completamente como éstos, pues se mantenían constantemente en el aire, sin desaparecer del todo. Orientando su catalejo hacia esta imagen, Ajab se volvió rápidamente en su cavidad de pivote, gritando:

—¡Arriba, y aparejad tecles y baldes para mojar las velas…! ¡Malayos, señor… y vienen a por nosotros!


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