Moby Dick
Moby Dick Vestidos únicamente con nuestras camisas y calzones, saltamos al fresno y, tras varias horas de bogar, casi estábamos a punto de renunciar al acoso, cuando una turbulencia de dilación general entre las ballenas dio alentadora muestra de que ahora por fin estaban bajo la influencia de esa extraña perplejidad de inerte indecisión, que cuando los pescadores la perciben en la ballena, dicen que está arredrada. Las compactas columnas marciales en las que hasta el momento habían rápida y regularmente nadado se rompieron ahora en una inconmensurable turba; y como los elefantes del rey Porus en la batalla india con Alejandro, parecían enloquecer de desasosiego. Extendiéndose en todas direcciones en enormes círculos irregulares, y nadando sin rumbo de aquí para allá, en su corto y espeso chorrear claramente revelaban su desorientación de pánico. Lo cual se ponía aún más extrañamente de manifiesto por aquellas de entre sus filas que, en apariencia completamente paralizadas, flotaban indefensas, como barcos inundados desmantelados en el mar. Hubieran sido estos leviatanes sólo un rebaño de simples ovejas perseguido sobre la planicie por tres fieros lobos no podrían haber puesto de manifiesto tan desmesurada desesperación. Mas esta ocasional timidez es característica de casi todas las criaturas gregarias. Aunque se agrupan en decenas de miles, los búfalos de leonina melena del oeste han huido ante un solitario jinete. Observad, también, a todos los seres humanos, cómo, cuando son agrupados en el redil del patio de butacas de un teatro, a la menor alarma de fuego corren a la desbandada hacia las salidas, empujándose, pisoteándose, apelotonándose, y golpeándose entre sí implacablemente hasta la muerte. Mejor será, por tanto, contener todo asombro sobre las extrañamente arredradas ballenas ante nosotros, pues no existe desvarío de las bestias de la tierra que no sea infinitamente superado por la locura del hombre.