Moby Dick
Moby Dick —¿Qué he de decirle en primer lugar? —dijo.
—Bueno —dijo Stubb, mirando el chaleco de terciopelo y el reloj y los sellos—, bien puedes empezar diciéndole que a mà me parece una especie de niñato, aunque no pretendo ser juez.
—Dice, monsieur —dijo el de Guernsey en francés, volviéndose hacia su capitán—, que ayer mismo su barco habló con un navÃo, cuyo capitán y cuyo primer oficial, junto con seis marineros, habÃan perecido todos de unas fiebres cogidas por causa de una ballena reventada que habÃan traÃdo al costado.
Ante esto, el capitán se alertó, y ansiosamente deseó saber más.
—¿Qué, ahora? —dijo el de Guernsey a Stubb.
—Bueno, como se lo toma con tanta calma, dile que le he observado con cuidado. Estoy seguro de que no está más capacitado para capitanear un barco ballenero que un mono de Santiago. De hecho, dile de mi parte que es un babuino.
—Jura y declara, monsieur, que la otra ballena, la seca, es mucho más mortal que la reventada; en resumen, monsieur, nos conmina a que soltemos estos peces, si es que valoramos nuestras vidas.
Instantáneamente el capitán corrió a proa, y a gritos ordenó a su tripulación que dejaran de izar los aparejos de descarnado, y que soltaran inmediatamente los cables y las cadenas que sujetaban las ballenas al barco.