Moby Dick

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—Menudo individuo tenemos ahí —rió bromeando, en pie en la proa del barco—, ¡ahí tenéis un chacal! Bien sé yo que estos crapós franceses en la pesquería sólo son unos pobres diablos; que a veces arrían las lanchas por rompientes, confundiéndolos con chorros de cachalote; sí, y que a veces zarpan desde sus puertos con las bodegas llenas de velas de sebo, y cajas de apagavelas, presintiendo que todo el aceite que van a conseguir no será suficiente para mojar la mecha del capitán; sí, eso lo sabemos todos, pero fijaos, aquí tenemos un crapó que se contenta con nuestras sobras, la ballena trabada de ahí, quiero decir; sí, y también está satisfecho con raspar los huesos secos de ese otro precioso pez que ahí tiene. ¡Pobre diablo! Que alguien pase el sombrero, digo yo, y regalémosle un poco de aceite, por mor de la bendita caridad. Pues el poco aceite que pueda sacar de esa ballena trabada, no será bueno ni para arder en una cárcel; no, ni en la celda de un condenado. Y por lo que respecta a la otra ballena, bueno, cortando y destilando estos tres mástiles nuestros, me comprometo a sacar más aceite que el que sacará de ese montón de huesos; aunque, ahora que lo pienso, puede que contenga algo que vale muchísimo más que el aceite; sí, ámbar gris. Sí, eso creo —diciendo lo cual se encaminó hacia el alcázar.



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