Moby Dick

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Y todo el tiempo innumerables aves se lanzaban en picado, y hacían quiebros, y chillaban, y gritaban, y luchaban a su alrededor. Stubb empezaba a parecer decepcionado, en especial al hacerse más fuerte el horrible buqué, cuando de pronto, desde el mismo corazón de esta peste, emergió un leve flujo de perfume, que se expandió a través de la marea de malos olores sin ser absorbido por ellos, al igual que un río fluye en otro y después discurre a su lado sin mezclarse con él durante un trecho.

—¡Lo tengo, lo tengo! —gritó Stubb con deleite al tocar algo en las subterráneas regiones—: ¡una bolsa, una bolsa!

Dejando caer su zapa, metió ambas manos, y sacó puñados de algo que parecía turgente jabón de Windsor, o queso añejo moteado; muy untuoso y limpio, además. Fácilmente podríais hacerle una marca con el pulgar; su tonalidad oscila entre el amarillo y el color ceniza. Y esto, amigos míos, es ámbar gris, a un precio de una guinea de oro la onza para un farmacéutico. Unos seis puñados se obtuvieron; aunque más fue inevitablemente perdido en el mar, y todavía más, quizá, se hubiera conseguido de no haber sido por la orden, vociferada a Stubb por el impaciente Ajab, de que desistiera y volviera a bordo, o de lo contrario el barco les diría adiós.


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