Moby Dick

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Percibió ahora que el de Guernsey, que se acababa de subir a las mesa de guarnición, y estaba manejando una zapa de descarnar, se había puesto en la nariz una suerte de bolsa.

—¿Qué te pasa ahí en la nariz? —dijo Stubb—. ¿Te la rompiste?

—¡Ya me gustaría que estuviera rota, o que ni siquiera tuviera nariz! —contestó el de Guernsey, que no parecía disfrutar mucho con el trabajo que hacía—. Pero ¿por qué te estás sujetando tú la tuya?

—¡Oh, por nada! Es una nariz de cera; tengo que mantenerla en su sitio. Buen día, ¿no? Aire más bien de jardín, diría yo; échanos unos cuantos ramilletes, ¿no te importa, bouton-de-rose?

—¿Qué diablos quieres aquí? —bramó el de Guernsey, dejándose llevar de una repentina irritación.

—¡Oh!, calma, con frialdad… ¿frialdad? Sí, ésa es la palabra; ¿por qué no metes en hielo esas ballenas mientras trabajas en ellas? Pero bromas aparte, ¿no sabes, capullo de rosa, que es una insensatez tratar de sacar algo de aceite de semejantes ballenas? Esa seca de ahí no tiene ni un ardite en todo su cuerpo.

—Bien que lo sé; pero ya ves, aquí el capitán no lo quiere creer; ésta es su primera expedición; antes fue un fabricante de Colonia. Pero sube a bordo, y quizá a ti te crea, aunque no quiera creerme a mí; y así saldré yo de este sucio aprieto.


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