Moby Dick

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—Cualquier cosa para complaceros, mi dulce y agradable amigo —replicó Stubb y, con ello, subió en seguida a cubierta.

Allí se presentaba una extraña escena. Los marineros, con gorras de estambre rojo y borla, estaban preparando los pesados aparejos para las ballenas. Pero trabajaban más bien con lentitud y hablaban muy rápido, y parecían estar de todo menos de buen humor. Todas sus narices se proyectaban hacia arriba desde sus rostros, lo mismo que botalones. De vez en cuando, parejas de ellos dejaban el trabajo y subían apresuradamente al tope para respirar algo de aire fresco. Algunos, pensando que podían coger la peste, sumergían estopa en alquitrán de hulla, y se lo llevaban a intervalos a la nariz. Otros, tras romper las boquillas de sus pipas muy cerca de las cazoletas, soltaban enérgicamente humo de tabaco, de modo que éste llenaba constantemente sus narices.

A Stubb le sorprendió una ducha de protestas y anatemas provenientes de la caseta de popa del capitán; y mirando en esa dirección vio un fiero rostro asomado detrás de la puerta, que era mantenida entornada desde dentro. Era éste el atormentado cirujano, que tras protestar en vano contra las disposiciones del día, se había retirado a la caseta del capitán (el gabinete, lo llamaba)[112] para eludir la peste; pero que, aun así, no podía evitar vociferar ocasionalmente sus súplicas y su indignación.


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