Moby Dick
Moby Dick ¡Apretar!, ¡apretar!, ¡apretar! Durante toda la mañana apreté ese esperma hasta que yo mismo casi me derretí en él; apreté ese esperma hasta que una especie de extraña locura me embargó; y me encontré inadvertidamente apretando las manos de los que trabajaban conmigo en él, confundiendo sus manos con suaves glóbulos. Tal pródigo, afectivo, amigable y amable sentimiento engendró esta ocupación que al final estaba continuamente apretando sus manos, y mirando sentimentalmente a sus ojos; tanto como para decir… ¡Ah!, queridos seres hermanos, ¿por qué habríamos de mantener más tiempo esas acerbidades sociales, o conocer el menor de los malos humores o de las envidias? Venid; estrechemos las manos todos; qué digo, estrechémonos nosotros, unos a otros; estrechémonos universalmente hasta la propia leche y esperma de la ternura.
¡Ojalá pudiera seguir apretando ese esperma para siempre! Pues ahora que tras muchas repetidas prolongadas experiencias he percibido que en todos los casos el hombre debe finalmente rebajar, o al menos reorientar, su presunción de felicidad factible; no situándola en parte alguna del intelecto o la imaginación, sino en la esposa, el corazón, la cama, la mesa, la silla de montar, el hogar de la chimenea, el campo; ahora que he percibido todo esto, estoy dispuesto a apretar caja eternamente. En pensamientos de las visiones de la noche, vi largas filas de ángeles en el paraíso, cada uno con sus manos en una jarra de esperma de ballena.