Moby Dick

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Con ello Stubb quizá quería indirectamente indicar que, aunque el hombre ama a su semejante, también es un animal que gana dinero, la cual propensión interfiere con demasiada frecuencia en su benevolencia.

Mas todos estamos en manos de los dioses; y Pip volvió a saltar. Fue en circunstancias muy similares a las de la primera ocasión, aunque esta vez no arrastró el cabo con el pecho, y en consecuencia, cuando la ballena inició la huida, Pip quedó abandonado en el mar como el baúl de un viajero con prisa. ¡Ay! Stubb fue fiel a su palabra con pulcra exactitud. Era un día azul, bello y generoso; el mar centelleante, fresco y sereno, se extendía hasta el horizonte, plano a todo alrededor como la piel de un batidor de oro martilleada hasta el límite. Flotando arriba y abajo en ese mar, la cabeza de ébano de Pip se podía ver como una semilla de clavo. No hubo cuchillo de lancha que se alzara cuando con tanta celeridad se quedó a popa. La inexorable espalda de Stubb estaba vuelta hacia él; y la ballena fue seguida a toda velocidad. Tres minutos después toda una milla de océano carente de orillas se extendía entre Pip y Stubb. Desde el centro del mar, el pobre Pip giró su frágil y rizada cabeza negra hacia el sol, otro solitario náufrago, aunque el más noble y el más brillante.


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