Moby Dick

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Era una visión extraordinaria. El bosque era verde como el musgo de Icy Glen; los árboles se erguían altos y altaneros, conscientes de su savia viva; la industriosa tierra bajo ellos era como el telar del tejedor, con una espléndida alfombra en él, en la que los zarcillos de las enredaderas de tierra formaban la trama y la urdimbre, y las flores vivas las figuras. Todos los árboles, con todas sus ramas cargadas; todos los arbustos y helechos y hierbas; el aire portador de mensajes: todo ello estaba incesantemente activo. A través de los entrelazados de las hojas, el gran sol parecía una lanzadera volante tejiendo el infatigado verdor. ¡Ah, atareado tejedor!, ¡oculto tejedor!… ¡Deteneos!… ¡una palabra!… ¿hacia dónde va la tela?, ¿qué palacio va a alfombrar?, ¿para qué todas estas incesantes labores? ¡Hablad, tejedor!… ¡detened vuestra mano!… ¡sólo una palabra con vos! Nada… la lanzadera vuela… las figuras salen flotando del telar; la alfombra que brota con ímpetu sale deslizándose perennemente. El dios tejedor teje; y con ese tejer se ensordece, que no escucha voz mortal; y también nosotros, que miramos al telar, somos por ese resonar ensordecidos; y sólo cuando escapemos de él escucharemos las mil voces que hablan a su través. Pues así exactamente sucede en todas las fábricas textiles. Las palabras dichas, que son inaudibles entre los husos rotantes, esas mismas palabras se escuchan claramente fuera de las paredes, surgiendo por las ventanas abiertas. De este modo se han detectado villanías. ¡Oh, mortal, sed entonces precavido!; pues de esta manera, en mitad de todo este barullo del gran telar del mundo, vuestros más sutiles pensamientos puede que sean escuchados desde lejos.


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