Moby Dick
Moby Dick Ahora bien, entre el verde e incansablemente vivo telar de ese bosque arsácido, yacía holgando el adorado gran esqueleto blanco… ¡un gigantesco haragán! No obstante, mientras en torno suyo se entremezclaban y resonaban la verde trama y la verde urdimbre, siempre entretejiéndose, el poderoso haragán parecía el taimado tejedor; él mismo todo tejido por encima con las enredaderas; asumiendo un reverdecer más fresco y más verde cada mes; aun siendo un esqueleto. La vida envolvía a la muerte; la muerte emparraba la vida; el desolado dios maridaba la juvenil vida, y engendraba glorias de cabezas rizadas.
Ahora bien, cuando yo visité esta portentosa ballena junto al regio Tranquo, y vi de la calavera hecho un altar, y el humo artificial que ascendía de donde el verdadero surtidor había surgido, me admiré de que el rey considerara que una capilla fuera un objeto curioso y artístico. Él se rió. Aunque más me admiró que los sacerdotes juraran que ese humeante surtidor suyo era genuino. De aquí para allá anduve ante este esqueleto… aparté las enredaderas… atravesé las costillas… y con un ovillo de cordel arsácido, me aventuré en él, rondé largo tiempo entre sus muchas serpenteantes columnatas y pérgolas sombreadas. Aunque pronto se acabó mi hilo y, siguiéndolo de vuelta, surgí por la apertura por la que había entrado. No vi nada vivo en el interior; nada había allí, salvo huesos.