Moby Dick
Moby Dick Mas ahora que aparentemente había realizado todos los preparativos para la muerte; ahora que se comprobó que su ataúd le venía bien, Queequeg de repente mejoró; pronto pareció no haber necesidad de la caja del carpintero: y acto seguido, cuando alguien expresó su sorpresa llena de alegría, dijo, substancialmente, que la causa de su repentina recuperación era ésta… En un momento crítico había recordado una pequeña obligación en tierra, que estaba dejando sin cumplir; y, por lo tanto, había cambiado de opinión sobre fallecer; no podía morir todavía, afirmó. Le preguntaron, entonces, si morir o vivir era un asunto de su propia soberana voluntad y si se hacía a su placer. Contestó que desde luego. En pocas palabras, era la opinión de Queequeg, que si el hombre tomaba la decisión de vivir, la mera enfermedad no podía matarle: nada salvo una ballena, o una galerna, o algún violento, ingobernable exterminador no inteligente de esa clase.