Moby Dick
Moby Dick Ajab cogió un mosquete cargado del armero (que forma parte del mobiliario de la cabina de la mayorÃa de los barcos de los Mares del Sur) y, apuntándolo a Starbuck, exclamó:
—Hay un Dios que es señor sobre la Tierra, y un capitán que es señor sobre el Pequod… ¡A cubierta!
Durante un instante, en los destelleantes ojos del oficial, y en sus ardientes mejillas, hubierais casi pensado que verdaderamente habÃa recibido el fuego del encañonado tubo. Pero, dominando su emoción, a medio calmar se levantó y, mientras dejaba la cabina, se detuvo un instante, y dijo:
—Me habéis agraviado, no insultado, señor; mas por ello no os pido que os guardéis de Starbuck: os limitarÃais a reÃr; pero que Ajab se guarde de Ajab: guardaos de vos mismo, viejo.
—Se envalentona, pero aun asà obedece; ¡una muy prudente valentÃa, ésa! —murmuró Ajab cuando Starbuck desapareció—. ¿Qué es eso que dijo…? Ajab, guardaos de Ajab… ¡Ahà hay algo!
Utilizando entonces inconscientemente el mosquete como bastón, paseó con frente de hierro de un lado a otro en la pequeña cabina; y al final los espesos pliegues de su frente se relajaron y, devolviendo el mosquete al armero, subió a cubierta.