Moby Dick

Moby Dick

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Con singular humor, utilizó ahora su ataúd como arcón; y vaciando en él su saco de ropa, la colocó allí. Pasó muchas horas libres tallando la tapa con todo tipo de grotescos dibujos y figuras; y parecía que con ello, a su tosca manera, estaba tratando de copiar partes del retorcido tatuaje de su cuerpo. Y este tatuaje había sido la obra de un fallecido profeta y vidente de su isla, que con estas marcas jeroglíficas había escrito en su cuerpo una teoría completa de los cielos y la tierra, y un tratado místico del arte de alcanzar la verdad; de manera que Queequeg, en su propia individual persona, era un acertijo por descifrar; un portentoso trabajo en un volumen; aunque ni siquiera él podía leer aquellos misterios, a pesar de que su propio corazón latía junto a ellos; y esos misterios estaban, por tanto, al final destinados a descomponerse a la par que el pergamino vivo en el que estaban inscritos, y así quedar definitivamente sin resolver. Y este pensamiento debió ser el que sugirió a Ajab esa feroz exclamación suya, al regresar una mañana de examinar a Queequeg…

—¡Ah, demoníaco galanteo de los dioses!




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