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CAPÍTULO XV

EL ASTILLAS Y EL TARUGO

 

Ya con rumbo a puerto, se incrementó en el Astillas y el Tarugo la afición a la botella y, para indecible envidia del resto, estos joviales compañeros —o «los socios», como los llamaban los tripulantes— rodaban de un lado a otro de la cubierta del modo más gracioso posible.

Pero, por muy joviales que fueran en general, no hubiera sido fácil encontrar dos bebedores más discretos. Nadie los vio jamás tomar nada, excepto cuando el camarero servía la ración habitual, y, para que se mostraran serenos y sensatos, sólo había que preguntarles cómo se las ingeniaban para mantenerse de otro modo. Sin embargo, un tiempo después se llegó a conocer su secreto.

Las barricas de pisco se guardaban debajo del escotillón de popa, que, por esta causa, estaba cerrado con una barra y un candado. No obstante, los toneleros de vez en cuando se las ingeniaban para entrar subrepticiamente, bajando a la bodega delantera, desde donde, con riesgo de quedar atrapados y morir, se arrastraban sorteando mil barreras hasta el emplazamiento de los barriles.


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