Omu

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Mientras me hallaba en éstas, un viejo marinero sentado sobre un baúl, justo debajo de mí, echaba volutas de humo. Una vez terminada mi cena, el hombre frotó la boquilla ennegrecida de su pipa en la manga de la camiseta, y con gran cortesía me la ofreció. Esta muestra de solicitud era típica de un marino y, respecto a su refinamiento, ningún hombre que haya vivido en los camarotes de un barco se preocupa por ello. Así, después de unas hondas caladas para propiciar mi descanso, me volví y me esforcé por olvidarme de mí mismo. Mas fue en vano. Mi litera, en lugar de estar orientada de popa a proa, como es debido, estaba de través, es decir, perpendicular a la quilla, y el barco navegaba con viento a favor, de modo que se balanceaba tanto que cada vez que mis talones se elevaban y mi cabeza bajaba, me parecía que estaba a punto de dar un salto mortal. Además, había otras razones abrumadoras de inquietud, pues de cuando en cuando salpicaba el agua por la escotilla abierta, y las gotas me caían sobre la cara.

Por fin, después de una noche en blanco, interrumpida dos veces por el grito despiadado de la guardia, un atisbo del día se abrió camino en lo alto y alguien bajó. Era mi viejo amigo con su pipa.

—Eh, compañero —dije—, ayúdame a salir de aquí y a subir a cubierta.


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