Omu
Omu —Ea, ¿quién grazna por allÃ? —respondió a la vez que se inclinaba hacia el rincón oscuro en que estaba yo—. ¡Ah, TaipÃ, el rey de los canÃbales, eres tú! Digo yo, chico, ¿cómo está esa lanza tuya? El maestre dice que como el demonio, y anoche puso al cocinero a afilar la sierra: espero que no esté pensando en hacerte un tallado.
Mucho antes que la luz del dÃa, llegamos a la bahÃa de Nuku-Hiva, dimos cortas bordadas hasta la mañana, después entramos, y enviamos un bote a tierra con los nativos que me habÃan llevado al barco. Tras devolverlos, nos hicimos a la mar otra vez, y nos mantuvimos apartados de tierra. Soplaba una dulce brisa y, a pesar de lo poco que habÃa descansado durante la noche, el suave y fresco aire de la mañana en alta mar era tan vigorizante que, en cuanto lo respiré, mi ánimo se fortaleció de inmediato.
Sentado sobre el cabrestante durante la mayor parte del dÃa, y mientras sostenÃa una conversación abierta con los marineros, me enteré de cómo habÃa sido el viaje hasta ese momento y de todos los detalles del barco y de su situación presente.
Estos asuntos estarán reunidos en el próximo capÃtulo.