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Sin embargo, el alcázar ofrecía un marcado contraste respecto a lo que estaba ocurriendo en el otro extremo del barco. El maorí estaba allí como siempre, ceñudo y aislado, y Jermin caminaba arriba y abajo sumido en sus pensamientos, mientras de cuando en cuando miraba hacia barlovento, o corría hacia la cámara y regresaba a toda prisa.

Con todas las velas ligeras desplegadas, mantuvimos el curso hasta que con el catalejo del doctor nos fue posible avistar Papeete, el pueblo metrópoli de Tahití. Varios barcos se divisaban anclados en el puerto, y entre ellos uno destacaba, negro y grande, con sus dos hileras de dientes para proclamar que era una fragata. Se trataba de la fragata Reine Blanche, llegada de las Marquesas y con la bandera del contraalmirante Du Petit Thouars a proa. Apenas la habíamos visto, cuando el trueno de sus cañones llegó a través del agua. Estaba disparando salvas de saludo que, después lo supimos, festejaban un tratado o más bien —en lo que a los nativos atañía— una cesión forzada de Tahití a los franceses, firmado esa mañana.

Cuando se disipó el sonido de los cañonazos, se oyó la voz de Jermin dando una orden tan inesperada que todos nos sorprendimos:

—¡Preparad la verga mayor para ceñir!

—¿Qué significa esto? —gritaron los hombres—. ¿No vamos a puerto?


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