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Por mi parte, sentía que estaba bajo un pabellón extranjero, que un cónsul inglés estaba cerca, y que los marineros raras veces obtienen justicia. Lo mejor era ser prudente. Con todo, tanto simpatizaba con los hombres, al menos en lo que a sus verdaderos motivos de queja se refería, y tan convencido estaba de la injusticia a la que parecía inclinarse el capitán Guy que, de ser necesario, estaba dispuesto a alzar una mano.

A pesar de todo lo que pudimos hacer, algunos hombres volvieron a mostrarse tercos, y no hablaban de nada que no fuese un motín inmediato. Cuando bajamos a cenar, estos tripulantes montaron tan tremendo tumulto que el viejo casco resonó en todos sus rincones. Muchos, y muy duros, fueron los discursos que se oyeron, y estrepitosos los comentarios de los marineros. Entre otros, el Largo Jim o Jim el Lacedemonio —como en adelante lo llamaría el doctor— se puso en pie, y dirigió al parlamento del castillo de proa la siguiente retahíla:

—¡Oíd, ciudadanos británicos! Si después de lo que ha ocurrido esta nave vuelve a la mar con nosotros, es que no somos hombres, y así hay que reconocerlo. Decid una palabra, mis valientes, y la llevaré a tierra. Ya he estado antes en Tahití y puedo hacerlo.


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