Omu

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Advertí todo esto con una mirada; la maligna determinación de Bembo era obvia y, con un grito frenético para despertar a la guardia, me precipité a popa. Los demás se levantaron espantados, y después de una breve pero desesperada escaramuza, lo arrancamos del timón. Mientras luchábamos con él, la rueda —que por un momento quedó sin conducción— viró hacia sotavento, lo que por fortuna puso al barco de proa al viento, y así se retrasó su avance. Antes de eso había estado tres o cuatro puntos libre, para acercarse a los arrecifes. Con la marcha ya más lenta, sujeté el timón para que las velas permanecieran apenas levantadas, mientras nos deslizábamos en línea oblicua hacia tierra. De haber seguido con viento en popa —cosa fácil—, se habría producido una catástrofe inmediata, pues había una curva en el arrecife en esa dirección. En esos momentos, el Danés y el camarero aún luchaban con el furioso maorí, y los otros corrían de un lado a otro, desconcertados y gritando.

Pero, cuando empuñé el timón, el viejo cocinero saltó hacia delante y golpeó en el castillo de proa con un garfio.

—¡Arrecifes, arrecifes muy cerca! ¡Junto al barco, junto al barco!

Los tripulantes subieron y miraron a su alrededor idiotizados en su terror.

—¡Izad las vergas!


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