Omu

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—¡Soltad las brazas de trinquete!

—¡Preparados todos! ¡Todos!

Estos gritos y otros se oían por todas partes y, mientras se distraían con aquellas mil órdenes, todos corrían de aquí para allá, invadidos por el pánico.

Parecía que todo había acabado para nosotros, y yo estaba a punto de echar el barco entero hacia el viento (una maniobra que nos habría salvado por un momento, pero que habría sellado nuestro destino al final), cuando un grito agudo golpeó mis oídos como una flecha.

—¡Todo avante, con fuerza!

Era Salem el que gritaba. Las cabillas giraron y giraron; el Julia, con su corta quilla viraba hacia barlovento como una peonza. Muy pronto las escotas de foque azotaron a los estays y los tripulantes, más dueños de sí, corrieron a los cabos.

—¡Arriba la mayor! —se oyó en ese momento, cuando la brisa vivaz corría a través de la cubierta, y de inmediato giraron las vergas.

Al cabo de otro medio minuto, navegábamos alejándonos de tierra dando bordadas por el lado opuesto, con todo el trapo desplegado.

Torcimos el timón a algo menos de un pelo del arrecife, y ninguna potencia terrena podría habernos salvado de no haber sido porque hasta la barrera misma de la muralla de coral había bastante profundidad.


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