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A pesar de todo, los tripulantes se negaron en redondo a trabajar, independientemente de las circunstancias, e hicieron oídos sordos a todas las súplicas del doctor y mías. Aunque se hundiera o encallara, juraban, jamás harían nada por la nave. Esta obstinación tenía que atribuirse, en gran medida, a los efectos de la última francachela.

Con viento fuerte, todas las velas desplegadas, y el barco en manos de cuatro o cinco hombres, desfallecientes tras dos noches de guardia, nuestra situación era bastante mala, sobre todo porque el maestre parecía más atolondrado que nunca, y debíamos dar varias bordadas muy cerca de tierra.

Era indudable que cualquier cosa perjudicial que le sucediera a la nave antes de la mañana se atribuiría a la conducta de la tripulación y, si todo ello desembocaba en resultados graves, la situación se analizaría en un juicio, de modo que reuní a todos los que estaban en cubierta para que escuchasen mi declaración: ahora que nuestra Julia avanzaba hacia el puerto (lo único por lo que yo, al menos, había luchado), mi voluntad era hacer todo lo posible para que el barco anclara a salvo. En esta actitud me secundó el doctor.


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