Omu
Omu La isla es muy pequeña y sus habitantes casi han desaparecido. Mandamos un bote a tierra para ver si se podía conseguir ñame, como en otros tiempos, pues los ñames de Rurutu eran famosos en las islas cercanas, tal como lo son las naranjas de Sicilia en el Mediterráneo. Al llegar a tierra, con gran sorpresa por mi parte, cerca de una casucha que hacía las veces de iglesia, se me acercó un hombre blanco que salió cojeando de una choza mísera. Su pelo y su barba necesitaban un buen corte, su rostro se veía mortalmente pálido y demacrado, y una de sus piernas estaba increíblemente hinchada por la fa-fa. Era la primera vez que veía a un extranjero atacado por el mal, porque nunca antes había tenido noticias de algo así y, por lo tanto, el hecho me chocó, como era de prever.
El hombre había vivido allí durante años. Ante los primeros síntomas no quiso creer que su dolencia fuese lo que realmente era, y confió en que pronto desaparecería. Pero cuando se hizo evidente que su única posibilidad de curación era cambiar de inmediato de clima, ningún barco lo aceptó como marinero, y pensar que lo recibiesen como pasajero era ocioso. Esto da una pobre idea del humanitarismo de los capitanes de mar, pero la verdad es que los del Pacífico tienen muy poco de esta virtud, y de hecho se les presentan tantas demandas de caridad que se han vuelto insensibles.