Omu
Omu Pero volvamos a la Calabuza Beretani. Era inmenso el interés que despertamos en las turbas que nos visitaban; se quedaban charlando durante horas, también se excitaban más de lo normal, y terminaban bailando de un lado a otro con el ímpetu de su raza. Invariablemente se ponían de nuestra parte, hablaban pestes del cónsul, y decían de él que era ita maitai nui, el peor de los peores. Debían de guardarle rencor por alguna causa.
Las mujeres, almas dulces, no se quedaban atrás en lo de las visitas. Hasta manifestaban más interés aún que los hombres; nos miraban con ojos colmados de mil señales, y hablaban con una rapidez asombrosa. Pero, ¡ay!, por muy interesadas que estuvieran y aunque, sin duda, experimentaran cierta efímera compasión por nosotros, había en ellas escaso sentimiento real después de todo, y menor cantidad aún de simpatía afectiva. Muchas se reían de nosotros sin empacho, sin ver más que lo había de ridículo en nuestra situación.