Omu
Omu Creo que fue el segundo día de nuestro confinamiento cuando una bonita joven irrumpió en la Calabuza, se inclinó como un arco a cierta distancia y nos observó. Era de las despiadadas: le hizo cosquillas crueles a Dan el Negro, mientras le acariciaba el tobillo prisionero, y se permitió ciertas reflexiones morales acerca del cónsul y del capitán Guy. Después de reírse de Dan hasta el hartazgo, se dignó reparar en los demás, y fue mirándonos uno por uno del modo más metódico y provocador que imaginarse pueda. Cuando algo le resultaba cómico, se veía de inmediato: levantaba un dedo al instante, se echaba hacia atrás y daba rienda suelta a unas extrañas, huecas y breves notas de risa, que parecían el bajo de una caja de música que estuviera tocando una melodía vivaz con la tapa cerrada.
Pues bien, no sabía yo que hubiese algo en mi aspecto apto para desbaratar el ridículo, y asumir un aire de verdad heroico habría sido, sin duda, bastante difícil en aquellas circunstancias. No obstante, no podía sentirme sino muy enfadado ante la idea de que al llegar mi turno aquella joven bruja maliciosa se me riera en la cara, aunque fuese una isleña. Además, y que esto quede en secreto, su belleza tenía algo que ver con este tipo de sentimiento; sujeto como me encontraba a una madera, y con unas ropas nada elegantes, empecé a ponerme sentimental.