Omu
Omu He aquà que cuando su mirada se fijó en mÃ, yo habÃa adoptado inconscientemente la actitud más garbosa que podÃa, con la cabeza apoyada en la mano y una expresión lo más absorta posible. Aunque habÃa vuelto la cara, pronto sentà que me ruborizaba, y supe que aquella mirada estaba sobre mÃ: el rubor crecÃa y crecÃa y ni una nota de risa.
¡Qué pensamiento delicioso! Se habÃa conmovido al verme. No lo pude soportar más y me enderecé. Allà estaba; sus grandes ojos de color avellana giraban y giraban en su cara como dos estrellas, toda ella estremecida de gusto y con una expresión en la boca que llevaba la muerte inmediata y violenta a todo lo que recordase un sentimiento.
Al instante dio una vuelta en redondo y, entre estallidos de carcajadas, se marchó corriendo de la Calabuza; por fortuna para mÃ, jamás volvió.