Omu

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No había peligro en el resultado, porque el narcótico se había distribuido en partes iguales. Pero, con curiosidad por ver la forma en que obraría, me incorporé un poco al cabo de un rato y miré a mi alrededor. Era el mediodía, poco más o menos, y todo estaba en calma; como todos los días cumplíamos con nuestra siesta, no me sorprendió demasiado ver a los demás inmóviles. Sin embargo, en una o dos ocasiones, me pareció sentir que alguien estaba observando.

De pronto oí unos pasos y vi que se acercaba el doctor Johnson.

Bastante anonadado se mostraba a la vista de la fila de sus postrados pacientes, al parecer hundidos en un sueño tan profundo como inexplicable.

—¡Daniel! —exclamó al fin, y golpeaba el costado del aludido con la punta de su bastón—. ¡Daniel, mi buen muchacho, levántate! ¿Me oyes?

Pero Dan el Negro seguía inmóvil, y Johnson fue a tocar al durmiente contiguo.

—¡Joseph! Joseph! ¡Hala, despierta! Soy yo, el doctor Johnson.

Pero Joe el Cascabeles, abierta la boca y cerrados los ojos, no estaba por la labor de despertar.


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