Omu
Omu —¡Que Dios me valga! —exclamó, con las manos y el bastón alzados—. ¿Qué se han echado dentro? ¡Venga, muchachos —gritó corriendo arriba y abajo—, volved a la vida, muchachos! ¿Qué os pasa, por lo que más queráis? —Y golpeaba los cepos, a la vez que iba gritando con más y más fuerza.
Por último calló, puso las manos sobre el puño de su bastón, y nos miró atentamente. Las notas de la orquesta nasal subÃan y bajaban en sus oÃdos, y una idea nació en su cabeza.
—SÃ, sÃ, estos pillos se habrán emborrachado. Vale, no es asunto mÃo. O sea que me marcho. —Y se marchó.
Tan pronto como se perdió de vista, prácticamente todos saltaron en pie, y resonó una fuerte carcajada.
Al igual que yo, la mayorÃa de los hombres habÃa observado la escena con los párpados entreabiertos. En esos momentos también el doctor Fantasma estaba tan despierto como los demás. Qué razones tuvo para tomar láudano, si es que de verdad lo tomó, es algo que sólo él supo y, como no es asunto mÃo ni del lector, no diremos nada más al respecto.