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CAPÍTULO XXXVI

NOS LLEVAN ANTE EL CÓNSUL Y EL CAPITÁN

 

Llevábamos prisioneros en la Calabuza Beretani unas dos semanas cuando, una mañana, el Capitán Bob, que llegaba de su baño en estado de total desnudez, llevó al cobertizo un rollo de vieja tappa, y empezó a vestirse para salir.

La operación era muy sencilla. El rollo de tappa —de la más ordinaria— era una sola y pesada pieza, uno de cuyos extremos fijó en una columna de madera de habiscus que servía de sostén al tinglado, se apartó unos pasos, se puso el otro extremo a la cintura y giró sobre sí mismo hasta llegar al poste. Esta vestimenta única, que se abría como un miriñaque, se sumaba a la robustez de Bob, hasta el punto de obligarlo a balancearse al caminar. En realidad, no hacía más que seguir las modas de sus padres: en los viejos tiempos, el kihí o gran túnica era el ropaje que usaban uno y otro sexo. Sin hacer caso de las innovaciones recientes, Bob seguía vistiéndolo, como caballero de la vieja escuela que era, uno de los últimos de los kihís.

A continuación nos dijo que tenía orden de llevarnos ante el cónsul. Sin resistencia formamos en fila; encabezados por el viejo, que iba resoplando y esforzándose como un motor, y flanqueados por una veintena de nativos, salimos con rumbo al pueblo.


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