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Una vez llegados a la oficina consular, encontramos a Wilson y a cuatro o cinco europeos, sentados en fila ante nosotros, quizá con la intención de dar una impresión lo más judicial posible.

A un lado había un diván en el que estaba tendido el capitán Guy. Tenía aspecto de convaleciente y, según fuimos descubriendo, abrigaba la intención de volver pronto a bordo de su barco. Guy no dijo ni una palabra: lo dejó todo en manos del cónsul.

Este último se puso en pie, sacó de un rollo un papel atado con una cinta roja, y empezó a leer en voz alta.

Se trataba del «affidávit de John Jermin, primer oficial de la nave colonial británica Julia; Guy, patrón», y resultó ser una larga relación de los asuntos, desde el momento en que habían zarpado de Sydney hasta que llegamos a puerto. Aunque estaba formulado con gran habilidad para perjudicarnos, en los detalles era correcto, con la excepción de que callaba las reiteradas negligencias del propio maestre, hecho que daba un significado especial a la sentencia final: «Y además, este declarante no se pronuncia».

No hubo comentarios, aunque todos buscamos con la mirada al maestre, para ver si era posible que él hubiese autorizado que así se usara su nombre. Pero no estaba allí.


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