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CAPÍTULO XXXVIII

JULITA ZARPA SIN NOSOTROS

 

Para cumplir con lo dicho por el cónsul hacia el fin de la Farsa de los Affidávit, una vez más nos llevaron a su presencia al cabo del tiempo establecido.

Se volvió sobre lo mismo, él no sacó nada de nosotros, y nosotros seguimos siendo prisioneros; nuestro decidido comportamiento había producido una irritación prodigiosa en el cónsul. Por lo que observamos, nos hicimos una idea de que, al conocer la situación a bordo del Julia, Wilson debía de haberle dicho a su amigo el capitán, enfermo por entonces, algo del siguiente estilo:

—Guy, mi pobre muchacho, no pases cuidado por esos pícaros de tus marineros. Yo los meteré en cintura, tú déjamelos a mí, y ocúpate de descansar.

Pero las esposas y los grillos, los cepos, las miradas teatrales, las alusiones sombrías y las declaraciones no surtieron ningún efecto. Conscientes de que, tal como estaban las cosas, nada serio podría derivarse de lo sucedido y, sin siquiera soñar que alguna vez se hubiese pensado en hacernos volver para someternos a juicio, comprendimos los ardides de Wilson y nos reímos de él como correspondía.


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