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Por cierto que, mientras así estuvo arreglada, los tribunales nativos del distrito celebraron allí sus deliberaciones; el juez Mahine y sus cofrades se sentaban en uno de los baúles, mientras acusados y espectadores se tumbaban en el suelo cuan largos eran, dentro del edificio o bien fuera, bajo la sombra de los árboles; entre tanto, apoyados en los cepos, como si se tratara de la baranda de una galería, los honorables tripulantes del Julia observaban y valoraban los procedimientos.

Tendría que haber dicho previamente que, antes de la partida del barco, los hombres se habían deshecho por casi nada de ropas que podrían haber guardado; pero en esos momentos ya se había comprendido que debíamos ser más cautos.

El contenido de los baúles era de lo más heterogéneo: útiles de costura, pasadores, tiras de calicó, trozos de cordel, navajas; en pocas palabras, casi todo lo que un marinero pueda pensar. Pero en cuanto a los atavíos, había poco más que viejas camisetas, restos de chaquetas y perniles de pantalón, y por aquí y por allá el pie de algún calcetín. Con todo, estas cosas estaban muy lejos de carecer de valor, porque los tahitianos más pobres tienen una alta estima por cualquier cosa europea, que viene de Beretani, Fenua Parari (Britania, Tierra de las Maravillas), y esto basta.


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