Omu
Omu Por fortuna, allí estaba el arrecife de coral a menos de media braza de profundidad. Sumergí un extremo de la canoa llena de agua, y lo solté con rapidez para que saltara y así se escurriese; sin dificultad achicamos el resto del agua, y volvimos a embarcarnos. Esta vez mi compañero se acurrucó en un mínimo espacio; le rogué encarecidamente que no soltara ni un suspiro innecesario, y me ocupé yo mismo de impulsar la barca. Me asombró la docilidad del doctor, que no dijo una palabra ni movió un pie o una mano; pero el secreto estaba en que no sabía nadar y, si se producía otro inconveniente, ya no habría más arrecifes en los que apoyarnos.
—Ahogarse es una mala manera de salir de este mundo —respondió a mis bromas—, y no seré yo culpable de ello.
Por fin llegamos al barco y nos acercamos con gran cautela, para evitar que nos viese alguien de cubierta. Nos deslizamos en silencio hasta la proa, oímos un silbido sordo —la señal convenida—, y de inmediato bajó hasta nosotros un saco de buen tamaño.