Omu
Omu El lugar es propiedad privada de la reina, que tiene allí una residencia —una hilera de casas de bambú de aspecto melancólico— descuidada, en pleno deterioro, rodeada de árboles.
Por la posición estratégica de la isla en el puerto, la reina hizo todo lo posible para convertirla en una fortaleza. La costa se elevó y se niveló, para construir después, con bloques de coral, un parapeto bajo. Detrás del parapeto, a una distancia media amplia, se alinearon varios cañones viejos, herrumbrados, de todos los tipos y calibres. Están montados en cureñas cojas, de apariencia decrépita, listas para desplomarse por el inútil esfuerzo de cargar con ellos. Precisamente, dos o tres ya han rendido su último suspiro, y las piezas que sostenían yacen medio enterradas entre esas osamentas blanquecinas. Varios de los cañones están clavados, quizá con la intención de hacerlos más temibles, como sin duda deben serlo para todo el que se ocupe de dispararlos.
En distintas ocasiones, algunos capitanes de barcos británicos regalaron a Pomarea estos pobres y viejos «perros de guerra», desdentados ya y dispuestos a morir, aunque antes, en grupos compactos, habían sido las jaurías bélicas de la Vieja Inglaterra.