Omu
Omu HabÃa en Motú-Otú algo que me impresionaba, y me prometà poner el pie en su suelo, a pesar de que un centinela con la cabeza descubierta me amenazó, bajo la luz de la luna, con un mosquete horrible. Como mi canoa no necesitaba más de tres pulgadas de agua, podÃa remar hasta muy cerca del parapeto sin encallar, pero cada vez que me acercaba, el viejo corrÃa hacia mà con el mosquete por delante, aunque jamás se lo echó al hombro. Con la idea de que sólo querrÃa asustarme, por fin lancé la canoa hasta el parapeto con la intención de saltar. Fue el acto más imprudente de mi vida, porque jamás un cocotero estuvo tan cerca de ser deshecho como lo estuvo el tronco de mi canoa entonces. Con la culata de su arma, el viejo guardia me soltó un golpe tremendo que conseguà evitar; de inmediato me eché atrás y logré remar hasta quedar fuera del alcance de su brazo.
DebÃa de ser mudo el hombre aquél, porque jamás pronunció ni una palabra, aunque sonreÃa de oreja a oreja, y con su blanca túnica de algodón reluciente a la luz de la luna parecÃa, más que un mortal, el espectro de la isla.
Procuré cumplir mi objetivo atacando por la retaguardia, pero ese hombre sólo tenÃa frentes; iba corriendo en torno a la isla y me mostraba su condenado mosquete en todos los sitios a los que me acercaba. Al fin tuve que emprender la retirada, y hasta el dÃa de hoy mi promesa no se ha cumplido.